EL CEREBRO DE LAS MUJERES

por KATHERINE ELLISON (proporcionado por Pía Correas)

Periodista de Investigación, galardonada con el premio Pulitzer.
Autora de Inteligencia Maternal (Ed. Destino)
Extraído de la revista MENTE SANA; Noviembre 2006 10/11/06

Cuando mi hijo tenía ocho años, un día llamó a la policía porque yo le había quitado la Gameboy. En aquella época, yo estudiaba el cerebro y podía imaginar perfectamente lo que estaba sucediendo en el mío.

Mis lóbulos prefrontales, donde se sitúa el juicio, sin duda estaban reprimiendo mis deseos de estrangular a mi brioso hijo. Mis amígdalas, el centro del miedo del cerebro, es probable que también estuvieran en pleno funcionamiento, mientras oía llamar a la puerta a la policía y reflexionaba sobre mis posibilidades de acabar en la cárcel. Pero, sobre todo, estaba segura que mi nucleus acumbens estaba trabajando a todo trapo. Los estudios de los escáneres cerebrales han demostrado que este punto, importante para la motivación y las sensaciones de gratificación, se llena de energía cuando las madres oyen llorar a sus bebes y se sienten obligadas a acudir en su ayuda. Por eso se le ha considerado el centro del afecto maternal, y la razón principal por la que estaba segura de que estaba implicado es que, a pesar de lo humillante del asunto, seguía deseando que mi hijo creciera y prosperara.


De una forma que los científicos apenas empiezan a comprender, ser madre te cambia el cerebro –y a menudo lo mejora-, en parte debido a experiencias como ésta; aunque, gracias a Dios, raramente tan graves.


Desde el momento en que se concibe un bebe, las hormonas reproductoras empapan y alteran nuestra conciencia. Durante el embarazo y en el puerperio, una cascada de situaciones nuevas nos estimula y nos mantiene ocupadas. Y a medida que el niño crece, lanzándonos desafíos siempre diferentes, las más dedicadas de nosotras vamos mejorando nuestras habilidades para resolver problemas y nos convertimos no sólo en mejores madres sino en mejores amigas, esposas, hijas y empleadas.


"Desde un punto de vista neurológico, tener un hijo es un revolución para el cerebro", dice Michael Merzenich, un especialista pionero en el desarrollo del cerebro, de la Universidad de California. "Tener un hijo te cambia la vida en el sentido de que se presentan retos físicos, mentales y mecánicos: cuarenta y nueve desastres que resolver al mismo tiempo. Es una época de aprendizaje y cambios inducidos en el cerebro porque todo es muy importante… No creo que haya nada mejor que pueda hacer por su cerebro que tener un hijo."


Esta idea del cerebro mejorado por la maternidad ha surgido a partir de una tendencia nueva y estimulante en investigación neurocientífica, tanto con humanos como con animales de laboratorio. Precisamente contrarresta la imagen dominante en los países industrializados, que evoca una madre que no puede pensar en nada más complejo que una lista de la compra o un calendario de partidos de fútbol.


En cambio, aunque muchas madres creen que han perdido células cerebrales con la placenta, esto no encaja en absoluto con la pura lógica de la evolución. En ningún momento de la vida, una mujer debería estar tan alerta y consciente como cuando está protegiendo y alimentando a un recién nacido.


Esta perspectiva empezó a interesarme poco después de tener a mi segundo hijo, en 1998, cuando leí acerca de los estudios pioneros realizados por dos neurocientíficos que trabajaban en Virginia. Craig Kinsley y Kelly Lambert, padres ambos, comparaban la función mental de las ratas hembras que nunca habían dado a luz con la de ratas que habían tenido más de un par de camadas. Enseguida se vio muy claro que las ratas madres aprendían más deprisa y recordaban con más eficacia el camino en un laberinto. Es más, la repetición de las pruebas demostró que la mejora de las madres en destreza mental les duraba toda la vida, mucho después de terminar de cuidar a sus últimas crías. Para explicar esas mejoras, que ellos mantienen que se producen tanto en humanos como en animales, Kinsley y Lambert se centraron en dos mecanismos de la maternidad que podían ser potenciadotes del cerebro: las hormonas y la estimulación.


Sin lugar a dudas, la investigación de otros científicos ha confirmado el poder de las hormonas reproductoras para cambiar físicamente el cerebro, y los resultados que han obtenido deberían animar a las madres primerizas. Científicos japoneses, por ejemplo, han descubierto que la oxitocina –una hormona anteriormente asociada al parto, a la lactancia y al vínculo materno- puede ayudar también a fomentar el aprendizaje y la memoria. De forma bastante similar, la prolactina, que se ha denominado hormona paternal porque es elevada tanto en padres como en madres, parece ser la clave en la disminución de la ansiedad.


Volviendo al factor de la novedad, muchos estudios recientes han demostrado que aprender cosas nuevas estimula el cerebro: por eso los científicos instan a las personas mayores a jugar al bridge, a resolver crucigramas y a viajar. De modo que, aunque a veces nuestros hijos nos arrastren a situaciones nuevas que preferiríamos evitar –como mi encuentro con la policía-, también sirven para mantenernos alerta mentalmente, como una serie interminable de oportunidades para resolver problemas y álgebra.


Además de las hormonas y la novedad, existe una tercera vía de cambio del cerebro femenino después de que la mujer es madre, que tiene que ver con el fenómeno de la plasticidad cerebral, que hasta hace muy poco los científicos no habían detectado. Se refiere a la forma en la que nuestro cerebro se reorganiza durante toda nuestra vida, adaptándose a nuestras experiencias. Por ejemplo, a los violinistas les cambia físicamente el cerebro a medida que refinan su habilidad. Lo mismo que los taxistas londinenses, cuyo sustento depende de la agudeza de su memoria. Parece bastante claro que las madres también utilizan repetidamente circuitos específicos de sus cerebros, al motivar, controlar, alimentar, empatizar, proteger, negociar y manipular.

Así que las hormonas, la estimulación y la experiencia son tres mecanismos poderosos que concretamente cambian el cerebro de las mujeres cuando tienen hijos. Pero la forma en la que se manifiestan esos cambios varía mucho en cada mujer, lo que es normal, porque las vidas de las mujeres son mucho más variables que las de las ratas hembras.


Una madre soltera que esté pluriempleada, no duerma lo suficiente y se angustie demasiado, por ejemplo, no se beneficiará tanto de su experiencia de la maternidad como una mujer con suficiente ayuda para aprovechar al máximo. Sin embargo, por lo que hemos aprendido de los estudios de ratas y monos, que comparten nuestra estructura cerebral básica y nuestras hormonas, parece claro que todas las mujeres sufren cambios y que todas tienen el potencial de cambiar para mejor. Tras revisar cientos de estudios científicos y entrevistar a decenas de neurocientíficos prominentes, científicos sociales y padres, he detectado cinco formas principales de aprovechar este potencial, apoyando la conclusión de que la maternidad puede, sin lugar a dudas, volver más lista a una mujer, definiendo "lista" como la capacidad mental que ayuda a la madre y a sus hijos a sobrevivir.


Las cinco categorías son: percepción, eficiencia, motivación, resistencia al estrés e inteligencia emocional. En cada uno de los grupos, hay evidencia claras de que la maternidad aporta a las mujeres más que venas varicosas y trabajo doméstico extra.

En el caso de la percepción, Craig Kinsley, uno de los neurocientíficos que abrían camino en Virginia, me hizo una demostración de percepción alterada por la maternidad. Soltó un grillo vivo en una jaula de ratas que acaba de dar a luz. Ella detectó inmediatamente la presencia del insecto y, en menos que canta un gallo, lo cazó y se lo zampó. Esa actuación contrastaba con la de una rata no madre, que no vio el grillo hasta que este se le subió a la cabeza.


Algo en el cerebro de esta rata madre había cambiado, y científicos canadienses aportaron luz al misterio. En experimentos con ratones, neurocientíficos de la Universidad de Calgary descubrieron que, ya desde la concepción, se forman nuevas neuronas en el bulbo olfativo de la madre, que rige su sentido del olfato.


Otras investigaciones sugieren que tanto madres como padres también experimentan cambios en la audición después de que nazca su hijo. Ambos, en cuestión de horas, se vuelven expertos en distinguir el llanto de su propio hijo del de los demás. Incluso la visión parece cambiar. En un estudio de prueba de la percepción visual, los sujetos embarazados lo hicieron mucho mejor que los grupos de control. Todo esto tiene sentido cuando piensas en lo extravigilante que necesita ser una madre para proteger al recién nacido de los peligros, que las que no son madres ni siquiera advierten.


La eficiencia es la segunda forma en que las madres se vuelven más listas, básicamente porque a menudo no tienen más remedio. Casi todas las mujeres con hijos deben hacer muchas más cosas en un tiempo limitado. Eso supone a menudo aprender y memorizar cosas nuevas más rápidamente –como las ratas-, pero los humanos también necesitamos dominar nuevas habilidades, como priorizar, inventar formas de perder menos tiempo charlando con los compañeros o sortear el tráfico con más habilidad para conseguir llegar a la guardería antes de que cierre.


En todas esas tareas, la calidad de la atención es clave. Y en el caso de las madres, en general, la calidad parece aumentar, según el psiquiatra de Harvard, John Ratey. Especula que los niveles del neurotransmisor dopamina, que mejora la atención y ayuda a un uso más eficaz del cerebro en situaciones moderadamente estresantes, puede ser crónicamente alto en las madres recientes. Y por una buena razón: "Cuando una madre da a luz, tiene que ser muy lista, lo más lista que pueda" dice Ratey. "Debe conocer bien el territorio y recordar cosas de sus hijos, y funcionar siempre al máximo. Tiene que desarrollar la capacidad de prestar más atención al mundo exterior.

A menudo, las madres tienen que soportar un estrés extraordinario; pero, de nuevo, la naturaleza les echa una mano.


La tercera muestra de que las mujeres se vuelven más listas cuando tienen hijos es que aumenta su resistencia natural a la presión. La forma como esto sucede parece tener algo que ver con la oxitocina, esa hormona tan maternal. Desde que los científicos dedican más atención a lo que se ha denominado "el cerebro maternal", se han realizado muchos estudios sobre los efectos de la oxitocina. Como neurotransmisor, parece fomentar la calma, la confianza y el vínculo social; y hay indicios de que las madres, sobre todo las que tienen partos vaginales y amamantan a sus bebes, están especialmente influidas por ella.


Eso no significa que las madres estén constantemente sosegadas, ni mucho menos. En el mundo animal, las madres pueden ser los seres más feroces, sobre todo cuando se trata de defender a sus crías. Y en los humanos, la motivación –una cualidad que engloba atrevimiento y ambición- es precisamente la cuarta forma en que las mujeres se vuelven más listas cuando son madres.

En el mundo animal, los científicos han demostrado que la prolactina, que contribuye a la lactancia y sube de nivel tanto en madres como en padres, parece reducir el miedo y la ansiedad, permitiendo la asunción de más riesgos. Así, los pájaros que descienden en picado para alejar a los depredadores del nido donde crían sus pollos tienen altos niveles de prolactina.


Mientras que los neurocientíficos sólo ahora comienzan a medir cómo cambia esta hormona el comportamiento humano, los científicos sociales ya han aportado varios estudios que demuestran formas en que la maternidad parece incrementar la motivación de las mujeres. La socióloga Sharon Hays, por ejemplo, ha recogido impresionantes testimonios de mujeres con ingresos bajos que han sido motivadas por la maternidad a dejar las drogas y a conseguir trabajo.

Los psiquiatras dicen que la maternidad también puede incrementar la autoestima de la mujer y su asertividad, porque sencillamente la madre ha adquirido cierta práctica en ser la jefa. Sabe que, si no está a la altura del liderazgo doméstico, las consecuencias pueden ser tan graves como que un niño sea atropellado por un coche al cruzar la calle corriendo. Por eso la madre aprende –casi siempre- a asumir el control de las situaciones.


La quinta forma en que las madres se vuelven más listas procede de la experiencia pura y simple: es la práctica diaria, a veces inmediata, que conseguimos reprimiendo nuestros peores impulsos con el fin de ayudar al hijo. Esta mezcla de conciencia de una misma, de autocontrol y empatía puede resumirse en la expresión tan de moda "inteligencia emocional". Sus componentes que antes solían definirse como "buen carácter", pueden contribuir a amistades y matrimonios más sólidos e incluso una mejor salud física, lo que todo ello conduce a una vida más feliz. También hay pruebas de que puede aportar un toque competitivo en el mundo laboral, especialmente en empleos con mucho contacto personal, como dirección de empresas, enseñanza, medicina y ventas. En los últimos años las empresas han pagado fortunas para la educación en inteligencia emocional. Pero las madres se someten a una formación rigurosa y gratuita.

Una demostración gráfica de las fuerzas cerebrales que hay detrás del sentimiento maternal se vio en un estudio reciente de escáneres cerebrales dirigido por el neurocientífico Jeffrey Lorberbaum. Utilizando una tecnología que mide el flujo de la sangre como marcador de actividad en el cerebro, puso a prueba a padres que escuchaban el llanto de sus hijos. Las madres respondían con una fuerte activación del circuito emocional del cerebro más primitivo, la misma clase de respuesta de "gratificación" que resulta de los pensamientos sobre comida o sexo satisfactorio. En los padres, había poca actividad. "Un agujero negro", como lo describió Loberbatum.

El estudio explica por qué tan a menudo las madres son la primeras en despertarse para consolar a sus bebes y por qué, incluso en un incidente como el de la Gameboy, fui capaz de recordar cuánto quiero a mi hijo. Por mucho que paguemos en servidumbre, sueño, frustración y trabajo mental intenso, estamos bien preparadas para extraer satisfacción de ello, y eso hace que la mayoría siempre intentemos mejorar. Y éste es el ingrediente principal de la inteligencia.


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